Quiénes somos

Quienes Somos

Familia religiosa del Verbo Encarnado

La familia religiosa del Verbo Encarnado está compuesta por una rama masculina (Instituto del Verbo Encarnado, IVE), una rama femenina (Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, SSVM) y una tercera orden secular (TOS).

Su fundador, P. Carlos M. Buela, quiso nombrarla así en honor al evento más grande de la historia, un evento que no puede ser superado por ningún otro: la Encarnación del Hijo de Dios.

La Familia religiosa del Verbo Encarnado centra su espiritualidad en el este misterio y lo considera el modelo para concretar su fin específico, a saber, inculturar el Evangelio, extender la Encarnación a todos los hombres, a todo el hombre y a toda manifestación del hombre. (Cf. Constituciones, nº 5).

Por medio de la profesión de los votos de pobreza, castidad y obediencia, queremos imitar y seguir más íntimamente al Verbo Encarnado en su castidad, pobreza y obediencia. Además, profesamos un cuarto voto de esclavitud mariana según el espíritu de san Luis María Grignion de Montfort. Por medio de este voto consagramos toda nuestra vida a la Virgen María. 

Tanto el IVE como las SSVM tienen una rama contemplativa en la que sus miembros “quieren dedicarse a lo único necesario, eligiendo la parte mejor” (cf. Lc 10,38-42). En el monasterio, a través de una vida de silencio, oración y penitencia, ellos obtienen del Señor las gracias necesarias para la salvación de muchas almas.

La tercera orden secular o la orden de laicos de la Familia del Verbo Encarnado, es una asociación de fieles laicos que, viviendo en el mundo, participan en el espíritu de la familia religiosa, para buscar la perfección cristiana en un modo más seguro y eficaz, en la amplia esfera de la vocación laica y para llevar a cabo la santificación de todo hombre por medio de las obras de apostolado. A este fin, quieren y se comprometen a formar una sola familia con los religiosos del Verbo Encarnado, unidos por la misma fe, el mismo fin, la misma misión, el mismo carisma y el mismo espíritu, constituyéndose ellos mismos en “sal de la tierra y luz del mundo” (Mt 5,13-14) en sus propios ambientes. 

Carisma y Fin

Fin

El fin que nos proponemos es doble. Por un lado, un fin universal, que es buscar la gloria de Dios y la salvación de las almas

Por otro lado, de acuerdo con nuestro fin específico, comprometemos todas nuestras fuerzas para inculturar el Evangelio, o sea, para prolongar la Encarnación en todo hombre, en todo el hombre y en todas las manifestaciones del hombre, de acuerdo con las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia.

Queremos dedicarnos a la evangelización de la cultura, es decir, trabajar para transformar con la fuerza del Evangelio 

  • los criterios de juicio,
  • los valores determinantes,
  • los puntos de interés,
  • las líneas de pensamiento,
  • las fuentes inspiradoras,
  • los modelos de vida de la humanidad;

para que estén imbuidos de la fuerza del Evangelio

  • los modos de pensar,
  • los criterios de juicio,
  • las normas de acción,

pues no podemos olvidar que el Concilio Vaticano II ha señalado que: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” y ello se debe en gran medida a que el mundo “se ha ido separando y distinguiendo, en estos últimos siglos, del tronco cristiano de su civilización”, lo cual ha conducido a la descristianización de la cultura.

Carisma

Por el carisma propio del Instituto, todos sus miembros deben trabajar, en suma docilidad al Espíritu Santo y dentro de la impronta de María, a fin de enseñorear para Jesucristo todo lo auténticamente humano, aún en las situaciones más difíciles y en las condiciones más adversas.

El carisma es la gracia de saber cómo obrar, en concreto, para prolongar a Cristo en las familias, en la educación, en los medios de comunicación, en los hombres de pensamiento y en toda otra legítima manifestación de la vida del hombre. Es el don de hacer que cada hombre sea “como una nueva Encarnación del Verbo”, siendo esencialmente misioneros y marianos. 

Por eso, la misión propia del Instituto, recibida del fundador, y sancionada por la Iglesia, es llevar a plenitud las consecuencias de la Encarnación del Verbo, que “es el compendio y la raíz de todos los bienes”, en especial, al amplio mundo de la cultura, o sea, a la “manifestación del hombre como persona, comunidad, pueblo y nación”.

Consideramos que algunos de los medios más importantes para alcanzar el fin establecido es trabajar sobre los puntos de inflexión de la cultura, a saber: las familias, la educación -en especial la seminarística, la universitaria y la terciaria-, los medios de comunicación social y los hombres de pensamiento o “intelectuales”.

IVE en el Mundo

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